Un padre que rescató a su hija de una red de prostitución


Print Friendly, PDF & Email

La chica tiene 18 años y fue secuestrada en enero. Ocho meses después pudo llamar al padre. Y él fue a sacarla de un prostíbulo rutero de Santiago del Estero. En tres oficinas policiales no lo ayudaron y en la Justicia miraron para otro lado.

Setecientos kilómetros de madrugada manejó Mario Gamarra en un coche viejo para rescatar a su hija Romina, cautiva en un prostíbulo rutero de Santiago del Estero. Contrajo deudas por unos cuantos pesos para pagar la nafta, ya que las flores que vende en el cementerio municipal de Santa Fe no dan para tanto, y tuvo que sacar coraje de donde no creía tenerlo. Con todo en contra, igual logró encontrarse con la chica y llevarla de vuelta a casa junto con una amiga, que estaba en iguales condiciones de esclavitud.

Pero el viaje de Mario no terminó ahí. Se enfrentó con tres oficinas policiales diferentes, a cual más incrédula, para pedir una protección que no llegó. Tuvo que oír el relato de su hija, quien tras ser secuestrada pasó ocho meses siendo prostituida en cabarés de tres provincias distintas, y ver cómo la Justicia miraba para otro lado. Convivir con las amenazas de los captores se le hizo habitual. Tal vez lo único que no esperaba fue el giro que tomó la historia en estos días: María Cristina Ojeda, la chica que había rescatado con Romina, desapareció de su casa, reapareció para decir que todo era falso, y volvió a desaparecer.

Nadie, ni siquiera Mario, cree que lo de María Cristina sea normal. El ministro de Gobierno santafesino, Roberto Rosúa, dijo a Clarín que todo indica que la chica está «bajo presión de los proxenetas». Legisladores nacionales y provinciales hablan de lo mismo. El abogado de los Gamarra, Guillermo Strazza, está convencido de que la joven está en poder de los captores. El Ministerio del Interior ya ofreció su apoyo a la familia y el Programa Nacional Anti—Impunidad del Ministerio de Justicia la asesora.

Sin embargo, María Cristina sigue desaparecida y Mario continúa conviviendo con los secuestradores de su hija, a pesar de que hay tres órdenes de captura vigentes. Allí, en el humilde barrio santafesino, se mezclan aquellos que la Policía debería estar buscando con las historias de ocho chicas a las que se les perdió el rastro. «Desde hace 15 años, la zona es un ‘criadero’ para la trata de personas: exportan mujeres en lugar de futbolistas», señala el abogado Strazza.

A sus 40 años, fatigado de su trabajo de florista ambulante en el cementerio, Mario recién abrió los ojos a esta realidad cuando la desaparición de la mayor de sus tres hijos se la puso delante. La chica, una morocha de 18 años que cursaba cuarto del secundario, venía comentado que un vecino la acosaba. Pero nada más.

El 13 de enero último, las cosas cambiaron. Según se enteraría Mario, Romina volvía a su casa con su hermano de 15 años cuando ese vecino que la acosaba bajó de un auto, la encañonó y se la llevó entre amenazas.

A partir de ahí, a la hija de Mario se le acabó la juventud. «La buscamos por todos lados, pero sólo había rumores», cuenta el florista a Clarín por teléfono. El testimonio que daría luego la chica dice que durante un tiempo la mantuvieron retenida a 30 cuadras de su casa, siempre amenazándola con matar a su hermano. Y que luego su captor la llevó a a la misma comisaría donde sus padres habían denunciado su desaparición para que dijera que estaba bien.

Después, a Romina la llevaron a una whiskería de la localidad bonaerense de General Rodríguez, para obligarla a trabajar como prostituta. Ahí, contó, vio a policías que pasaban a cobrar comisión y a un político local. También se encontró con seis chicas santafesinas que, aseguró, estaban como ella: esclavizadas, durmiendo en cuartos con rejas y atendiendo clientes a toda hora.

A fines de febrero la llevaron a un local ubicado sobre la ruta 9, en Bell Ville (Córdoba), donde halló más santafesinas. De ahí, dijo, la pasaron a la whiskería «Negro el 20», en la ruta 51 de La Banda, Santiago del Estero. Un mes en cada lado, y a rotar. Hasta que se cruzó con un piadoso que le permitió llegar a su padre.

Romina le contó a un cliente lo que pasaba y éste le consiguió un celular para que, el 13 de setiembre, llamara a su familia. «Dijo que estaba en La Banda, que la fuera a buscar», recuerda Mario. «No dudé. Cargué nafta y cargué a mi pibe para que me lea los carteles de la ruta, porque tanto no sé leer», explica. «Iba re cagado».

La chica le había pedido que estuviera en la esquina de la whiskería a las 3 de la mañana. «Yo no le quería fallar. Salimos a las 7 de la tarde y llegamos allá a las 2.30. Pero en el camino se me acabó la tarjeta del celular y quedamos incomunicados», señala. «En eso nos paró la Policía y les dije: ‘Ando paseando por acá’, y nada más. No podía confiar«.

Mario por fin pudo hablar con Romina desde un público. «Nos dijo que no podía a las 3, que había mucho trabajo y la estaban controlando, que esperáramos a las siete y media que llegaba la chica de la limpieza», apunta.

Mientras Romina soportaba un poco más, Mario se preparaba. «Paré enfrente, hice como que se descompuso el auto y puse balizas», repasa. «En eso el nene mío la vio. Y yo veo que salta la tapia con la otra piba (María Cristina Ojeda) y atrás venía un gordo con un fierro». Las chicas habían empujado a la de la limpieza en la puerta. «Arranqué cagando».

A Mario se le aceleraba más el corazón que el auto. Así manejó 300 kilómetros hasta Palo Negro, en el límite de Santiago. «Puse la denuncia y pedí custodia. Me dijeron que no, que esto y aquello. Llamaron a la Policía de Santa Fe y me reprocharon que no había ido ahí. ¿Qué posibilidad de vida me daba hacerles la denuncia a ellos? Ahí nos fuimos hasta Ceres. Yo hacía 24 horas que no dormía, y el milico de ahí me tomaba como que yo había hecho una joda. ‘¿No tenía otra comisaría para ir?’, me decía».

Al fin, llegaron. Romina volvió a casa y María Cristina se reencontró con su hijito de 3 años. Ambas se presentaron entonces ante el juez provincial Diego de la Torre, quien pidió la captura de Martín «Chino» Núñez, de un primo suyo y de Juan Osuna, señalado por Ojeda como un hombre que la habría seducido para meterla engañada a trabajar como esclava en las whiskerías.

Las detenciones nunca se concretaron, pero Mario y su familia empezaron a recibir amenazas. La causa pasó a la fiscal federal Griselda Tessio y a las pocas horas, el domingo pasado, María Cristina desapareció. Distintos testigos la vieron acompañada por uno de los prófugos buscados por la Justicia, por lo que se lanzó una campaña para hallarla.

La chica reapareció el martes: acompañada por un misterioso abogado, le dijo a la fiscal Tessio que todo había sido mentira, que no la tenían cautiva. Lo mismo repitió a un diario local y agregó que Romina miente. Enseguida, volvió a desaparecer.

Nadie cree que María Cristina esté bien. «Me siento mal al ver esto, porque yo la traje haciéndole una gauchada. Estaba tan agradecida…», dice Mario. «Esperemos que esto se vea en la Justicia», se esperanza. Y vuelve a juntar sus flores para vender.

Fuente: Clarin

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.