Sin clientes no hay trata, sin demanda no hay trata


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Este es el relato de Melisa, una chica como cualquier otra, una chica que fue interceptada en la calle, a plena luz del día, a la vista de todos los que pasaban por ahi.
Safó, gracias a la intervención de dos personas que no quisieron mirar a otro lado, que no quisieron ignorar lo que pasa.

Me cruzó el auto sobre la vereda y me encerró en la esquina, entre la pared y su capot. Se bajó. Era muy alto, muy ancho. Un cuello de polar negro le tapaba casi entera la cara y unos anteojos, también oscuros, no me dejaban verle los ojos. El pelo lleno de gel. Las zapatillas nuevas. El coche sin patente.

Gamarra y Arismendi, pleno Parque Chas, a dos cuadras del hormiguero de la estación Los Incas de la línea B del subte. Eran las ocho y media de la mañana. El sol ya conquistaba el horizonte y perfilaba un día fresco, pero hermoso. Seguro esta noche se va a poder ver la luna, pensé al salir de casa.

“Subite, subite que te llevo a donde vayas, venís conmigo”, me dijo, mientras yo intentaba correr hacia el lado contrario por el que él venía a buscarme, con los brazos extendidos, cada dos pasos reacomodándose el polar para que no se le viera la boca y mirando compulsivamente hacia atrás, no fuera cosa que hubiera algún testigo.

Me temblaban las piernas y se me enredaban los pies con las baldosas. No me salía una palabra. Ni un “no, por favor, no”, ni un “ayuda, alguien que me ayude”. Nada. El silencio del miedo es el más mudo de todos. No hacía más que mirarlo, mirarlo fijo, reflejarme en sus lentes para asegurarme que no estaba flasheando, que realmente el coche estaba en la vereda, cruzado frente a mi camino, que él estaba viniendo a buscarme y que si quería escapar, si realmente quería salir de esto, iba a tener que apurarme.

“Nena, vení acá, subite ya”, fue lo último que le escuché, lo tenía casi pegado a mí, destilando olor a perfume barato, a colonia de telo, a desodorante de ambiente manoseado y abandonado en el baño de una estación de servicio. Olor a descarte. A mierda.

Y me vino a la cabeza mi vieja. Que menos mal la había llamado ayer. Mi novio. Que no había escatimado te amos cuando salí de casa. Una tranquilidad extraña se me abrazó al miedo y entonces aparecieron dos muchachos a mis espaldas, “¡¡Soltala a la piba, dejala, ¿qué hacés? Rajá de acá, infeliz!!”. El tipo corrió sobre sus pasos, volvió a meterse en el auto y se fue, dejando una estela de cobardía a lo largo de la calle.

Yo también me fui. Le agradecí a los pibes y me fui. Seguí mi camino hasta Acha y Los Incas, donde me encuentro cada día con mi amigo Ale para venir al trabajo. Seguí porque una sigue, porque todos seguimos. Porque es así. Porque estamos acostumbrados de alguna macabra manera a que estas cosas pueden pasar y festejamos, nos alegramos, cuando no pasan, o pasan livianas. Pensé graciosamente cuánto dinero podría pedir un secuestrador por mí. Imaginé escenarios llamando a mi mamá primero, a mi papá después. A ambos hablándose por primera vez en bocha de años para ver cómo juntaban la guita de un rescate que, si lo pienso más finamente, sería el más optimista de los desenlaces.

Pensé en cuántas pibas hay hoy, en Argentina y el mundo, encerradas en un cuarto, obligadas a ser putas de los soretes que siguen consumiéndolas. Que si les lloran, no les importa. Que si les piden ayuda para volver a casa, se cagan. Que sin clientes no hay trata. Que sin esta gente, el mundo estaría un poco menos muerto en vida. Pensé en cuántos salen de casa y no vuelven más. Y en cuántos se quedan en casa, en pausa, extrañando para siempre.

Pero estoy bien, no pasó nada. O sí, pero no. Por suerte no. Y esta noche, cuando salga la luna, mirala. Mirala mucho. Abrazate a los amigos, a tu mamá, a tus hermanos. Abrazate al hoy, a este instante. A la persona en la que sea que estás pensando. Abrazate a la vida, no pierdas tiempo peleando batallas navales. Disfrutá de estar. De estar donde querés estar. Porque pueden intentar quitarnos todo, menos las ganas de amar.

sinclientesLa trata existe, existe porque hay quienes pagan por tener sexo, porque con esa plata financian que gente salga a buscar «mercaderia para ofrecer»,  salgan a buscar a  chicas como Melisa, o como tantas otras que no sabemos como se llaman.

Cuando pagas por sexo estas siendo complice de toda una red de delincuentes, que por abastecer a un mercado demandante harán lo que sea.

No pagues por sexo, no seas el que financia la trata, no seas complice.

SIN CLIENTES NO HAY TRATA

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